La disciplina de la imaginación
No creo que pueda avanzarse mucho en la reflexión sobre
el lugar de la literatura y de la palabra escrita en la enseñanza si no se
revisa la absurda y rígida distancia que ha venido estableciéndose en
España entre lo que se llama educación y lo que se llama cultura. Los
escritores muertos o momificados por la gloria pertenecerían, para
entendernos, al reino de la educación, y los vivos al de la cultura, lo
cual no debe de estar muy lejos de aquel siniestro refrán del muerto al
hoyo y el vivo al bollo. El muerto al hoyo de los manuales, de los apuntes
y de los comentarios de texto, y el vivo al bollo precario, pero en
ocasiones sustancioso, de las conferencias de postín y de los premios y los
convites oficiales. ¿No hubo, hasta hace un par de años, un Ministerio de
Educación y otro de Cultura? Y aun cuando ahora están juntos, ¿alguien se
ha parado a pensar si hay alguna relación entre lo que hace la parte
educativa del ministerio bífido y lo que hace su lado cultural, o lo que
queda de cualquiera de los dos después de los traspasos a las autonomías?
Para ahondar más las diferencias, debe anotarse que la Cultura es el campo
del prestigio, mientras que la Educación apenas ocupa páginas de verdadera
relevancia en los periódicos, ni es motivo, en general, de la atención
sincera y preocupada de los que se dedican al periodismo, y casi tampoco de
los que se dedican a la política, incluso a la política educativa. Cuando
un asunto relacionado con la enseñanza provoca titulares es infaliblemente
porque está siendo usado como pretexto para alguna reyerta partidista. Se
oculta así, por una mezcla de intereses y de falta de interés, lo que
cualquier profesor y cualquier padre saben y sufren, que la educación,
sobre todo la pública, está sometida a una degradación y un descrédito cada
vez mayores, padecidos en la misma medida por quienes la imparten y por
quienes deberían ser sus beneficiarios. La cultura es un escaparate y una
coartada, en ocasiones de lujo, sobre todo para los gerifaltes de las
satrapías autonómicas y municipales que gastan sin el menor escrúpulo de
responsabilidad presupuestaria. La educación es un oficio que ha sido
despojado en los últimos años de toda su dignidad pública y de gran parte
de su legitimidad moral. Para alcanzar la categoría de lo culto no es
necesario saber, sino estar al día. Más que el maestro ilustrado y
perseverante importa el nebuloso gestor de actos culturales, el
intermediario que seguramente no sabe hacer de verdad nada, pero que se las
sabe todas, y por lo tanto puede ofrecer al político lo que éste más
aprecia y exige, un brillo de modernidad inatacable, un titular de
periódico o unos segundos en la televisión. Los planes de estudio y las
temibles reformas educativas, que tienen la infatigable virtud de empeorar
todo desastre, por definitivo que éste pareciera, marginan cada vez más no
ya a los saberes humanísticos, como piensan algunos inocentes, sino a todos
los saberes por igual: pero al mismo tiempo que el poder político perpetra
lo que alguna vez he llamado la exaltación de la ignorancia, se inviste de
cualquier manera y a cualquier precio de los oropeles más lujosos de la
cultura. Pondré un ejemplo que me parece de una claridad aleccionadora.
Hace unos años se celebró en Madrid una magnífica exposición de Velázquez,
con motivo del tercer centenario de su muerte, a la que acudieron no sé
cuántos cientos de miles de alumnos de enseñanza primaria y de institutos
de bachillerato. En apariencia era una oportunidad de encuentro entre esos
dos ámbitos ajenos entre sí de la educación y la cultura. Pero, dejando a
un lado que la mayor parte de los cuadros pueden verse a diario en el
Prado, y que las colas y las multitudes difícilmente permitían la
contemplación de tantas obras maestras, cabe preguntarse con tranquilidad
en qué medida estaban adiestrados la mayor parte de los alumnos para mirar
y entender la pintura. Si desde los primeros años de la escuela no se han
desarrollado en ellos sus habilidades casi innatas para el dibujo y la
valoración del color; si en los planes de estudio la Historia de España,
por no decir la Historia Universal, ha sido resumida en un vago híbrido que
antes de la última reforma se llamaba ciencias sociales, cuando no en la
historia (falsificada) de su comunidad autónoma o su comarca; si apenas han
tenido ocasión de saber cuál es el pasado real del país donde viven y de
conocer y gozar la literatura del tiempo en que vivió Velázquez; si es
posible que muchos de ellos, por no saber, no sepan escribir correctamente
ese nombre ni ponerle el acento, ¿cómo podrían juzgar y disfrutar esa
pintura y mirar esos rostros que para ellos proceden de un mundo tan remoto
como el planeta Saturno? Pero ya dije que no se trata de saber, sino de
estar al día, y para estar al día no hay que estudiar ni entender a
Velázquez, o a Goya, o a los pintores y arquitectos del tiempo de Felipe II
cuyas obras se están recordando ahora en el Escorial: basta con haber
estado en una exposición, con haber participado siquiera como figurantes en
el espectáculo de la cultura. Añadiré un segundo ejemplo, que se repite con
mucha frecuencia. A un concierto de música clásica asiste un grupo de alumnos
de ESO o Bachillerato, generalmente inducidos por un profesor voluntarioso
y heroico que los acompaña fuera de su horario de trabajo sin recibir
compensación alguna. Empieza el concierto y al cabo de unos minutos los
chicos se impacientan, tosen, se aburren, aplauden a destiempo, provocan
miradas de disgusto de los acomodadores y de los entendidos. Es inútil
llevarlos a esos sitios, dirán, porque no entienden de música, porque ni
les interesa ni tienen curiosidad. Invadido por los bárbaros el reino de la
cultura, sin más remedio hay que devolverlos al gueto de la educación. Y
con una estupidez muchas veces aliada al cinismo, al repudio le sucede el
lamento: la gente no tiene oído, la televisión y los deportes los han
embrutecido, se organizan exposiciones que permanecen desiertas y
conciertos a los que no acude casi nadie, se publican libros y casi no se
venden ni se leen más que los éxitos más zafios, nuestros índices de
lectura son, y aquí viene la repulsiva y extendida palabra,
tercermundistas. Y aceptado este hecho sin molestarse en indagar las
razones, se acentúa sin embargo el carnaval de la alta cultura y se
abandona a su suerte a quienes viven extramuros de ella, los que nunca
amarán la ópera ni leerán a Joyce ni merecerán comprender la pintura moderna.
Los escritores se lamentan de la falta de lectores, los concejales de
cultura comprueban con resignación que sus salas de conferencias tienden a
permanecer vacías, a no ser que exhiban en ellas a algún figurón del
espectáculo de la cultura, o de la cultura del espectáculo. Pero nadie
parece darse cuenta de que la razón principal para que no exista esa asidua
multitud que llamamos el público está en el gran foso abierto entre la
educación y la cultura, entre el saber y el estar al día, entre el trabajo
lento, disciplinado, y fértil sólo a largo plazo, y la pirueta instantánea
concebida para recibir al día siguiente el halago de un titular y condenada
a extinguirse sin dejar ni un rastro de ceniza. Con alguna frecuencia, por
un impulso residual de militancia que me queda de los tiempos en que estaba
convencido de que la voluntad libre y la solidaridad de los hombres podían
hacer más habitable el mundo, voy a dar conferencias a institutos de
bachillerato, y siempre compruebo, con tanto entusiasmo como melancolía,
una doble verdad. Primero, que en esas aulas está el mejor público que
puede desear un escritor, el más receptivo, el más limpio de vanidad y de
prejuicios; segundo, que hay muy pocas cosas tan hirientes como el
contraste entre el dispendio ilimitado de las ceremonias culturales
organizadas por cualquier ayuntamiento, diputación o comunidad autónoma, y
la penuria absoluta en la que casi siempre se desenvuelven los centros
públicos de enseñanza. Pero ya saben que el nuestro es un país en el que al
mismo tiempo que se celebran conciertos de las mejores orquestas del mundo,
muchos de sus conservatorios de música se encuentran en condiciones
nigerianas, y donde las administraciones públicas se gastan en canales de
televisión consagrados a emitir basura comercial e ideológica el dinero que
luego escatiman en bibliotecas o en plazas de profesores. Se preguntarán
por qué todavía casi no he hablado de literatura. Pero lo cierto es que
desde el principio no he dejado de hacerlo, pues no es posible reflexionar sobre
el sentido de la literatura sin establecer las condiciones precisas en las
que se produce y las relaciones entre el acto de escribir y el acto de
leer, entre la solitaria invención de un libro y la reinvención simétrica
que a su vez lleva a cabo el lector, ese personaje desconocido,
imprevisible y con mucha frecuencia inexistente. Si la literatura, como
tiende a creerse ahora, es un adorno, un fetiche de prestigio para
pavonearse ante los ojos embobados de la tribu, si es una materia fósil y
apartada de la vida que sólo puede interesar a los eruditos universitarios,
entonces tienen razón quienes la desdeñan y quienes la eliminan poco a poco
de los planes de estudio, y también tiene razón esa mayoría abrumadora del
público que jamás se interesa ni se interesará por ella. Si la literatura
es superflua, es decir, si no es útil para vivir y no alude a honduras
fundamentales de la experiencia humana, lo mismo los escritores que los
profesores, que nos ganamos la vida gracias a ella,tendremos razón si nos
sentimos impostores, y si en rachas de desaliento pensamos que carece de
sentido dedicarse a un oficio que no le importa a nadie más que a nosotros.
Recuerdo que cuando yo estudiaba lo que hace cerca de treinta años era
sexto de bachillerato, la clase de literatura consistía en una ceremonia
entre tediosa y macabra. Un profesor de cara avinagrada subía cansinamente
a la tarima con una carpeta bajo el brazo, tomaba asiento con lentitud y
desgana, abría la carpeta y comenzaba a dictarnos una retahíla de fechas de
nacimientos y muertes, títulos de obras, y características de diversa
índole que era preciso copiar al pie de la letra, porque en el caso de que
no supiéramos el año de la muerte de Calderón de la Barca o las cinco o
seis características del Romanticismo corríamos el peligro de suspender el
examen. Afortunadamente para mí, a esa edad yo ya era un adicto
irremediable a la literatura y había tenido ocasiones espléndidas de
disfrutarla, pero comprendo que para la mayor parte de mis compañeros de
clase, cuyas únicas noticias sobre la materia eran las que les daba aquel
lúgubre profesor, la literatura sería ya para siempre ajena y odiosa. Y del
mismo modo que la educación religiosa del franquismo fue una espléndida
cantera de librepensadores precoces, la educación literaria era, y en
ocasiones sigue siendo, una manera rápida y barata de lograr que los
adolescentes se mantuvieran obstinadamente alejados de los libros. A nadie
le interesa aprender cosas inútiles. Desde que nacemos nuestros
aprendizajes están ligados a nuestro instinto de supervivencia y a nuestra
necesidad de comprender el mundo y hacernos una idea razonable de nuestra
posición en él. Queremos saber lo que nos resulta necesario, y buscamos
fuera de nosotros lo que existe como un esbozo o una intuición dentro de
nosotros mismos. Por eso sólo amaremos los libros si nos damos cuenta de
que nos son útiles y de que pertenecen al reino de nuestra propia vida.
Leer no es hacer méritos para aprobar un examen ni para demostrar que se
está al día. Un libro no se debería adquirir por las mismas razones por las
que se compra el temario de una oposición o una camisa de moda. Un libro
verdadero -porque también hay libros impostores- es algo tan material y
necesario como una barra de pan o un vaso de agua. Como el agua y el pan,
como la amistad y el amor, la literatura es un atributo de la vida y un
instrumento de la inteligencia, de la razón y de la felicidad. Pero no hay
que culpar a la mayor parte de los posibles lectores de que no lo sepan.
Tampoco parecen saberlo muchos escritores, o si lo saben guardan el
secreto. Un amigo mío que se dedica a enseñarla dice que la literatura no
es cultura, sino algo más serio y más elemental. La literatura, su médula,
es una consecuencia del instinto de la imaginación, que opera con plenitud
en la infancia y que poco a poco suele ir atrofiándose, como todo órgano
que se deja de usar. De mayores nuestra imaginación se mueve con tanta torpeza
como nuestra mano izquierda, y ya no sabemos recordar que hubo un tiempo en
que el juego y la fábula eran en nosotros no una manera desmañada de huir
de la realidad cuando tenemos tiempo o ganas o cuando nos dejan, sino la
forma soberana del conocimiento. Mediante el juego aprendíamos las normas y
las leyes del mundo, igual que los griegos del tiempo de Hesíodo se
familiarizaban con ellas mediante la poesía. Nuestra imaginación se
apoderaba de las cosas, transmutando su realidad ostensible en una apariencia
maleable que obedecía a nuestros deseos. Lo que para los mayores era
siempre un desván o un jardín también era desván y jardín para nosotros,
pero teníamos la potestad de convertirlos en gruta y en selva. Nuestro
padre, que según luego descubrimos con cierta decepción es un hombre común,
entonces era un héroe o un gigante bondadoso o temible. El tiempo, ahora
tan fugitivo, tan cuadriculado en horas y minutos, era tan vasto entonces
como el tamaño que tienen en el recuerdo las habitaciones del pasado. Para
los griegos, los versos de Hesíodo y de Homero eran la expresión más
detallada y fidedigna de las leyes de la naturaleza y de la memoria antigua
de los héroes y los dioses. Del mismo modo, en esa edad de oro de nuestra
primera infancia, placer y aprendizaje, juego y verdad, imaginación y
descubrimiento, eran sinónimos. Como para los pueblos primitivos, nuestra
forma de conocimiento era la mitología. El papel que ésta ocupa en la
memoria y en la vida cotidiana de una tribu amazónica lo ocupaban los cuentos
en nuestra infancia. A medida que crecemos y que se nos empieza a adiestrar
para el trabajo, para la mansedumbre y la desdicha, el hábito de la
imaginación se vuelve incómodo o peligroso, y desde luego inútil, y sin
darnos cuenta lo vamos perdiendo, no porque éste sea un proceso tan natural
como el del cambio de voz, sino porque hay una determinada presión social
para que nos convirtamos no en individuos sanos, felices y autónomos, sino
en súbditos dóciles, en empleados productivos, en lo que antes se llamaba
hombres de provecho. Se rompe entonces lo que al principio estuvo unido, se
trazan fronteras rigurosas que seguramente ya no sabremos romper, y el
juego, la fábula, la imaginación, quedan despojados de su soberanía y
convertidos en proscritos, o lo que es peor, en bufones, como esos jefes
indios que después de la rendición de sus tribus lanzaban sus gritos de
guerra y se pintaban la cara no para cabalgar con libertad y orgullo por
praderas sin límite, sino para actuar de comparsas en el circo de Buffalo
Bill. Pero la imaginación es muy fuerte y tarda en ser vencida. Yo creo que
el período de nuestras vidas en que se libra la batalla más difícil, que
resulta también ser la definitiva, transcurre al final de la infancia y en
la adolescencia, y no es casual que sea en ese tiempo cuando nos
aficionamos a la literatura y a la rebeldía y cuando se decide
inapelablemente nuestro porvenir. Es entonces cuando los libros, si nos
hemos educado para acercarnos a ellos, nos importan más, porque intuimos
que ocupan un lugar estratégico en la disputa, con frecuencia desconcertada
y amarga, entre la realidad y el deseo, que por desgracia ya no son
evidencias idénticas. Estoy convencido de que el escritor lo es en la
medida en que al crecer ha seguido guardando dentro de sí el fuego sagrado
de la imaginación, el impulso antiguo y nunca desfallecido por interpretar
el mundo no sólo o no exclusivamente mediante el análisis, sino mediante la
narración y la fábula, y de suspender de vez en cuando las leyes
inflexibles de la evidencia para mirar al otro lado y descubrir lo que las
apariencias aceptadas ocultan. Pero hay veces en que la literatura,
fingiendo ser leal a la imaginación y a sus severas responsabilidades -pues
no hay responsabilidad mayor que la de conocer el mundo y averiguar qué
lugar ocupa en él nuestra propia vida, y qué es el valor de nuestros actos-
en realidad se ha convertido en criada, y emplea la ficción no para expresar
una verdad que sólo a través de ella puede decirse, sino para mentir.
Entonces la literatura establece un juego que es profundamente tramposo,
porque para lo que sirve es para enajenarnos de la verdadera vida, para no
dejarnos distinguir entre los fantasmas y los seres reales, entre las voces
y los ecos. Los juegos y los cuentos nos enseñaban a vivir, igual que los
mejores libros. Esa literatura farisea contra la que yo quisiera estar
siempre en guardia a lo único que nos enseña es a permanecer encerrados, a
desconfiar de la vida, incluso a desdeñarla. La literatura que importa, ya
lo dije, es como el agua y el pan, y su lectura nos contagia el vigor tan
necesario de la lucidez y el vitalismo. La literatura de simulacros es como
un narcótico que nos induce a la pasividad de los fumadores de opio.
Comprenderán que ésta sea la más celebrada. Comprenderán también que desde
mi punto de vista la tarea del que se dedica a introducir a los niños y a
los jóvenes en el reino de los libros es la de enseñarles que éstos no son
monumentos intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la
vida de los seres humanos, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y
que pueden darnos aliento en la adversidad y entusiasmo o fortaleza en la
desgracia. Decía Ortega y Gasset que los grandes escritores nos plagian,
porque al leerlos descubrimos que están contándonos nuestros propios
sentimientos, pensando ideas que nosotros mismos estábamos a punto de
pensar. En este sentido, yo no creo que el escritor sea alguien aislado de
los otros y singularizado por el genio o el talento. El escritor, más bien,
sería el que más se parece a cualquiera, porque es aquél que sabe
introducirse en la vida de cualquier hombre y contarla como si la viviera
tan intensamente como vive su vida misma. La literatura, pues, no es aquel
catálogo abrumador y soporífero de fechas y nombres con que nos laceraba mi
profesor de sexto, sino un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias
y de vidas que están a nuestra disposición igual que lo estaban a la de
Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso. Gracias a los libros
nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de
manera que podemos vivir a la vez en nuestra propia habitación y en las
playas de Troya, en la calles de Nueva York y en las llanuras heladas del
Polo Norte, y podemos conocer a amigos tan fieles y tan íntimos como los
que no siempre tenemos a nuestro lado, pero que vivieron hace cincuenta
años o cinco siglos. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y
mucho más lejos del alcance de nuestra mirada y de nuestra experiencia. Es
una ventana y también es un espejo. Quiero decir: es necesaria. Algunos la
consideran un lujo. En todo caso, es un lujo de primera necesidad. Pero que
sea necesaria, que responda a un impulso que late en cada uno de nosotros,
que se parezca al juego y al sueño, no quiere decir que sea un tesoro
puesto al alcance de la mano, que cualquiera pueda sin esfuerzo escribirla
y leerla. Cunde desde hace ya demasiados años la superstición irresponsable
de que el empeño, la tenacidad, la disciplina, la memoria, no sirven para
nada, y de que cualquiera puede hacer cualquier cosa a su antojo. Eso que
llaman lo lúdico se ha convertido en una categoría sagrada: del aula como
lugar de suplicio que aún llegamos a conocer los de mi edad se ha pasado a
la idea del aula como permanente guardería, lo cual es una actitud igual de
estéril, aunque mucho más engañosa, porque tiene la etiqueta de la
renovación pedagógica. Un síntoma de esa tendencia a la pereza y a la falta
absoluta de rigor es una mediocre película que estuvo de moda hace unos
años, y que ganó todos los oscars posibles. Me refiero a Amadeus, de Milos
Forman. En ella se nos presenta a Mozart como un joven cretino al que el
genio le ha sido conferido por una especie de capricho de Dios. Salieri,
que es estudioso, perseverante, concienzudo, resulta ser un fracasado.
Mozart, un idiota que no para de reír y de emborracharse y que lleva la
peluca torcida se sienta de pronto al clave y compone una música milagrosa.
El genio, según esta película, y según la creencia que
parece imponerse ahora, no requiere trabajo ni disciplina, sino nada más
que espontaneidad, juventud y descaro. Pero todos sabemos, aunque de vez en
cuando se nos olvide, que las cosas que más instintivamente llevamos a
cabo, las que nos parece que nos salen sin esfuerzo, han requerido un
aprendizaje muy lento y muy difícil, y que la lentitud y la dificultad nos
han templado mientras aprendíamos. Hablamos con naturalidad nuestro idioma,
y se nos olvida los años que nos costó aprenderlo. Caminamos sin dificultad
y sin ser conscientes de nuestros pasos, pero hizo falta que nos cayéramos
muchas veces y que venciéramos el miedo y el vértigo para que pudiéramos
andar erguidos por primera vez. Los mayores logros del arte, de la música,
de la literatura, del deporte, tienen en común una apariencia singular de
facilidad. Pero a ese atleta que en menos de diez segundos corre cien
metros ese instante único le ha costado años de entrenamiento, y ese músico
que toca delante de nosotros sin mirar la partitura y ese aficionado que se
la sabe de memoria y goza de cada instante de la música han pasado horas
innumerables consagrados al estudio de aquello que más aman, negándose al
desaliento y a la facilidad. Se nos educa -cuando se nos educa, cosa cada
vez menos frecuente- para disciplinarnos en nuestros deberes, pero no en
nuestros placeres y en nuestras mejores aptitudes, y por eso nos cuesta
tanto trabajo ser felices. Aprender a escribir libros es una tarea muy
larga, un placer extraordinariamente laborioso que no se le regala a nadie.
Lo que se llama la inspiración, la fluidez de la escritura, la sensación de
que uno no arranca las palabras del papel, sino que ellas van por delante
señalando el camino, sólo llega, si llega, después de mucho tiempo de
dedicación disciplinada y entusiasta. Esos genios de la novela que andan a
todas horas por los bares son genios de la botella más que de la
literatura. Y aprender a leer los libros y a gozarlos también es una tarea
que requiere un esfuerzo largo y gradual, lleno de entrega y de paciencia,
y también de humildad. Pero ya decía Lezama Lima que sólo lo difícil es
estimulante. Ya sé que todo esto que digo suena a herejía en estos tiempos,
y que todo aquel que, en el oficio de los profesores o en el de los
escritores, defienda tales convicciones corre un serio peligro de ser
calificado de extravagante, incluso de reaccionario. Pero también sé que
frente a la mansedumbre, a la vulgaridad y a la irracionalidad que quieren
ahogarnos, la imaginación, la libertad y el pensamiento son las armas más
nobles de las que disponemos, y que tampoco pasa nada por predicar en el
desierto. La mayor parte de las cosas que nos parecen ahora naturales -el
sufragio universal, la libertad de expresión, la jornada de ocho horas, la
igualdad de hombres y mujeres- fueron durante siglos sueños imposibles,
ocurrencias disparatadas que despertaban el escarnio de los más sensatos.
Parece imposible que la gente se olvide un poco de la televisión para
consagrarse a la literatura, y que en las escuelas exista de verdad la
posibilidad de que profesores y alumnos compartan la experiencia del
aprendizaje de la imaginación y de la racionalidad, que son también
virtudes cívicas, pero vale la pena la temeridad de intentarlo. Porque la
literatura no está sólo en los libros, y menos aún en los grandilocuentes
actos culturales, en las conversaciones chismosas de los literatos o en los
suplementos literarios de los periódicos. Donde está y donde importa la
literatura es en esa habitación cerrada donde alguien escribe a solas a
altas horas de la noche, o en el dormitorio donde un padre le cuenta un
cuento a su hijo, que tal vez dentro de unos años se desvelará leyendo un
tebeo, y luego una novela . Uno de los lugares donde más intensamente
sucede la literatura es un aula donde un profesor sin más ayuda que su
entusiasmo y su coraje le transmite a uno solo de sus alumnos el amor por
los libros, el gusto por la razón en vez de por la brutalidad, la
conciencia de que el mundo es más grande y más valioso de todo lo que puede
sugerirle la imaginación. La enseñanza de la literatura sirve para algo más
que para descubrirnos lo que otros han escrito y es admirable: también para
que nosotros mismos aprendamos a expresarnos mediante ese signo supremo de
nuestra condición humana, la palabra inteligible, la palabra que significa
y nombra y explica, no la que niega y oscurece, no la que siembra la
mentira, la oscuridad y el odio. Conferencia pronunciada el 22 de
septiembre de 1998. Fuente: Muñoz Molina, A. (1998). La disciplina de la
imaginación. Recuperada de: http://es.scribd.com/doc/90550301/La-disciplina-de-la-imaginacion
28/08/14.
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Hola: ZUEMMY.
ResponderBorrarAgradezco tu visita a mi blog y tus comentarios.
En atención a tu invitación y correspondiendo a tu gentileza visité tu blog, me parece muy completo todo lo que tocas, solo lo siento un poco extenso. Saludos J. Carlos
Hola Juan:
ResponderBorrarAgradezco también tu visita al mio, y tus comentarios me ayudan. Si pienso dale un formato diferente , sobre todo como en este caso que coloque la lectura en su totalidad, aparte de la síntesis. En caso de que logremos estar en el grupo hare el cambio, ya que si realizare también un cambio de estilo.
Saludos